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10.10.2014
6.28.2014
A 21 años de la muerte de Héctor Lavoe “El Cantante de los cantantes” y ninguno como él
Todo tiene su final, nada dura para siempre/ tenemos que recordar, que no existe eternidad…La tarde del 29 de junio de 1993, el sentido literal de este canto célebre en la salsa cobró más significado que nunca, e irónicamente recayó en Héctor Lavoe, la figura que lo interpretó y catapultó como un clásico del ritmo.
En un lacónico boletín de prensa leído por uno de los médicos de turno, se oficializó su deceso a causa de un fulminante infarto de miocardio, devenido de los excesos de su vida borrascosa que le hizo contraer sida, enfermedad que en su momento no se divulgó.

Tras conocerse la nefasta noticia, el homenaje no podía ser otro que musical. En Barranquilla las emisoras suspendieron sus programaciones habituales para rendirle un sentido y merecido tributo sonando sus canciones por el resto del día.
Así también ocurrió en el resto del país, en Puerto Rico, Panamá, República Dominicana, Venezuela, Perú; y quizás en otros rincones del planeta pues la admiración que le profesaban traspasaba límites y fronteras.
La carroza fúnebre con los restos de Héctor Lavoe, a su llegada a Ponce (Puerto Rico), en el año 2002.
El día de su muerte a Héctor Lavoe le faltaban 93 días para celebrar su cumpleaños número 47, pero su aspecto era decrépito.
Los amantes de la música afroantillana sintieron como propia la partida de aquel ídolo emergido de las entrañas populares de Machuelitos, uno de los 31 barrios que conforman el municipio de Ponce, en el sur de Puerto Rico. Héctor era muy querido porque de cierta forma simbolizaba y reivindicaba al hombre alegre, espontáneo y dicharachero que habita en los sectores marginales de América Latina, un ser que como él mismo pregonaba en su mejor acento boricua, nadie podía ‘odial’, sino ‘quelel’.
Porque Lavoe era pueblo en su más pura esencia, así como lo fueron en su tiempo el cubano Benny Moré y los puertorriqueños Daniel Santos e Ismael Rivera, cantantes que penetraron en todos los estratos de la sociedad y a los que la gente elevó a la condición de íconos intocables. Veneración que aún subsiste.
EL VACÍO QUE DEJÓ LAVOE
Como el lindo clavel/ solo quiso florecer/ enseñando su belleza/ y marchito perecer...
Con la noticia de su muerte gran parte de los salseros experimentaron la extraña sensación de un vacío que se les habría en lo musical y artístico, pues Lavoe los identificaba. Para muchos también representaba el dolor insondable de la partida de un hermano, al que aprendieron a amar a través de sus canciones.
Pero en verdad, Héctor Juan Pérez Martínez, como era su nombre de pila, había muerto desde mucho tiempo atrás.
El derrumbe de su vida comenzó, incluso, mucho antes de aquel atardecer del domingo 26 de junio de 1988, en que inmerso en las fauces de la drogadicción y el alcoholismo, en medio de una profunda depresión y carente del más mínimo estímulo por la vida, intentó suicidarse lanzándose desde la ventana del piso nueve del hotel Regency, en la Avenida Condado, de Bayamón (Puerto Rico).
Se salvó de milagro porque su cuerpo rebotó en el aire acondicionado de uno de los apartamentos del hotel, antes de romperse contra el pavimento. Perdió varios dientes; se fracturó la pierna derecha, y sufrió golpes en otras partes del cuerpo que lo obligaron a permanecer inmóvil durante un largo período. Ese día no podía morir, pues ya estaba muerto en vida.
LA MUERTE DE SU HIJO, PRINCIPIO DEL FIN
“Mi hijo es la gran promesa de la salsa. Todavía es un jibarito, pero es un huracán. En poco tiempo nos pondrá el pie a todos”, decía Héctor Lavoe orgulloso y convencido cada vez que se le preguntaba por su hijo ‘Hectico’, como amorosamente lo llamaba.
Era el menor de sus dos hijos, y el primero de su última unión sentimental con Nilda Román, conocida como ‘Puchi’, su gran y tormentoso amor. A ‘Hectico’ lo consideraba ostentosamente el futuro de la salsa. Cuando Lavoe se unió en matrimonio con ‘Puchi’, esta ya tenía una hija llamada Leslie. El cantante de los cantantes le dio su apellido.
Pero a ‘Hectico’, Lavoe le tenía cifradas todas sus esperanzas. Por supuesto que también amaba a José Alberto, su primogénito, nacido el 30 de octubre de 1968 de su primera unión con Carmen Castro, y al que veía poco por diferencias con la madre.
Pero ‘Hectico’, un año menor que José Alberto, constituía la luz de sus ojos, la esencia de su ser. Y su amor se fortaleció aún más cuando el joven enseñó su vocación por el canto.
“Es una fotocopia mía, pero mejorada en un cien por ciento. A mí también me va a levantá a patá”, solía expresar Lavoe con una ‘sonrisa de oreja a oreja’ en su típico lenguaje de barriada.
Por eso su aflicción fue profunda e insuperable cuando ‘Hectico’, ‘Tico’, la luz de sus ojos, su ‘pechiche’, perdió la vida en hechos confusos ocurridos el 7 de mayo de 1987 (tenía 17 años), cuando un amigo con el que departía en el apartamento de este, oprimió accidentalmente una pistola que limpiaba y la bala impactó al muchacho.
Con la muerte del joven Héctor Pérez Román, comenzaba el principio del fin de Lavoe. Nunca asimilaría semejante trance.
A partir de este golpe se hundió sin remedio en el alcohol y las drogas alucinógenas, malditos vicios en los que estaba inmerso desde sus días de gloria con la banda de Willie Colón. Ante esta circunstancia intolerable fue que intentó suicidarse, para él la vida ya no tenía sentido.
El 10. de junio de 2002, un mes después de la muerte de Nilda Román, su esposa, los restos de Lavoe fueron exhumados por solicitud de su hija adoptiva Leslie Pérez; y gracias a la gestión de Willie Colón los trasladaron a su nativo Ponce.
En una tumba del cementerio de esa ciudad reposan junto a los de 'Puchi' y su hijo ‘Hectico’.Con la muerte de Héctor Lavoe comenzó la leyenda, que 21 años después lo sostienen como un inmortal en el cancionero de la música popular Latinoamericana.
Un auténtico ícono cuya imagen y admiración crece en las nuevas generaciones, y se solidifica con el paso del tiempo en las que lo conocieron y admiraron.
A la 1:05 pasado el mediodía, el Cantante de los cantantes, el sonero más carismático de su generación, fallecía en el Hospital Saint Claire de Manhattan, en el que la víspera había sido recluido de urgencia en estado crítico.
En un lacónico boletín de prensa leído por uno de los médicos de turno, se oficializó su deceso a causa de un fulminante infarto de miocardio, devenido de los excesos de su vida borrascosa que le hizo contraer sida, enfermedad que en su momento no se divulgó.

Tras conocerse la nefasta noticia, el homenaje no podía ser otro que musical. En Barranquilla las emisoras suspendieron sus programaciones habituales para rendirle un sentido y merecido tributo sonando sus canciones por el resto del día.
Así también ocurrió en el resto del país, en Puerto Rico, Panamá, República Dominicana, Venezuela, Perú; y quizás en otros rincones del planeta pues la admiración que le profesaban traspasaba límites y fronteras.
El día de su muerte a Héctor Lavoe le faltaban 93 días para celebrar su cumpleaños número 47, pero su aspecto era decrépito.
Los amantes de la música afroantillana sintieron como propia la partida de aquel ídolo emergido de las entrañas populares de Machuelitos, uno de los 31 barrios que conforman el municipio de Ponce, en el sur de Puerto Rico. Héctor era muy querido porque de cierta forma simbolizaba y reivindicaba al hombre alegre, espontáneo y dicharachero que habita en los sectores marginales de América Latina, un ser que como él mismo pregonaba en su mejor acento boricua, nadie podía ‘odial’, sino ‘quelel’.
Porque Lavoe era pueblo en su más pura esencia, así como lo fueron en su tiempo el cubano Benny Moré y los puertorriqueños Daniel Santos e Ismael Rivera, cantantes que penetraron en todos los estratos de la sociedad y a los que la gente elevó a la condición de íconos intocables. Veneración que aún subsiste.
EL VACÍO QUE DEJÓ LAVOE
Con la noticia de su muerte gran parte de los salseros experimentaron la extraña sensación de un vacío que se les habría en lo musical y artístico, pues Lavoe los identificaba. Para muchos también representaba el dolor insondable de la partida de un hermano, al que aprendieron a amar a través de sus canciones.
Pero en verdad, Héctor Juan Pérez Martínez, como era su nombre de pila, había muerto desde mucho tiempo atrás.
El derrumbe de su vida comenzó, incluso, mucho antes de aquel atardecer del domingo 26 de junio de 1988, en que inmerso en las fauces de la drogadicción y el alcoholismo, en medio de una profunda depresión y carente del más mínimo estímulo por la vida, intentó suicidarse lanzándose desde la ventana del piso nueve del hotel Regency, en la Avenida Condado, de Bayamón (Puerto Rico).
Se salvó de milagro porque su cuerpo rebotó en el aire acondicionado de uno de los apartamentos del hotel, antes de romperse contra el pavimento. Perdió varios dientes; se fracturó la pierna derecha, y sufrió golpes en otras partes del cuerpo que lo obligaron a permanecer inmóvil durante un largo período. Ese día no podía morir, pues ya estaba muerto en vida.
LA MUERTE DE SU HIJO, PRINCIPIO DEL FIN
“Mi hijo es la gran promesa de la salsa. Todavía es un jibarito, pero es un huracán. En poco tiempo nos pondrá el pie a todos”, decía Héctor Lavoe orgulloso y convencido cada vez que se le preguntaba por su hijo ‘Hectico’, como amorosamente lo llamaba.
Era el menor de sus dos hijos, y el primero de su última unión sentimental con Nilda Román, conocida como ‘Puchi’, su gran y tormentoso amor. A ‘Hectico’ lo consideraba ostentosamente el futuro de la salsa. Cuando Lavoe se unió en matrimonio con ‘Puchi’, esta ya tenía una hija llamada Leslie. El cantante de los cantantes le dio su apellido.
Pero a ‘Hectico’, Lavoe le tenía cifradas todas sus esperanzas. Por supuesto que también amaba a José Alberto, su primogénito, nacido el 30 de octubre de 1968 de su primera unión con Carmen Castro, y al que veía poco por diferencias con la madre.
Pero ‘Hectico’, un año menor que José Alberto, constituía la luz de sus ojos, la esencia de su ser. Y su amor se fortaleció aún más cuando el joven enseñó su vocación por el canto.
“Es una fotocopia mía, pero mejorada en un cien por ciento. A mí también me va a levantá a patá”, solía expresar Lavoe con una ‘sonrisa de oreja a oreja’ en su típico lenguaje de barriada.
Por eso su aflicción fue profunda e insuperable cuando ‘Hectico’, ‘Tico’, la luz de sus ojos, su ‘pechiche’, perdió la vida en hechos confusos ocurridos el 7 de mayo de 1987 (tenía 17 años), cuando un amigo con el que departía en el apartamento de este, oprimió accidentalmente una pistola que limpiaba y la bala impactó al muchacho.
Con la muerte del joven Héctor Pérez Román, comenzaba el principio del fin de Lavoe. Nunca asimilaría semejante trance.
A partir de este golpe se hundió sin remedio en el alcohol y las drogas alucinógenas, malditos vicios en los que estaba inmerso desde sus días de gloria con la banda de Willie Colón. Ante esta circunstancia intolerable fue que intentó suicidarse, para él la vida ya no tenía sentido.
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| Así lucía Héctor Lavoe en junio de 1992, un año antes de su muerte. |
La enfermedad terminal la contrajo no por putero ni por homosexual. Se presume que se inoculó el virus sin intención, al utilizar una jeringuilla infectada en una de sus demenciales y consuetudinarias rumbas con amigos de ocasión.
Joven, pobre y abandonado por todos, falleció cinco años después del aterrador dictamen. La velación tuvo lugar en la funeraria Frank E. Campbell, donde durante dos días centenares de seguidores tuvieron la oportunidad de ver su imagen final deteriorada.
El féretro con sus restos cubierto por la bandera de Puerto Rico, fue sepultado a las 3 de la tarde del 2 de julio en medio de una llovizna leve en el Cementerio Saint Raymond de Queens. “¡Héctol, el cielo está llolando tu paltida!”, se escuchó entre el gentío una voz de marcado acento puertorriqueño, cuentan los registros periodísticos de la época.
La agencia Associated Press reseñó aquel día que el cortejo fúnebre recorrió las principales calles de Manhattan, el Bronx; y paralizó el tráfico por las reacciones espontáneas de transeúntes y residentes del sector, que se unían a la exótica multitud de gente del común, entre los que se mezclaron pillos, prostitutas, drogadictos y borrachos, quienes durante cuatro horas acompañaron la carroza mortuoria.
No me lloren más
Algunos llevaban radio grabadoras a todo volumen, con su inmenso cancionero. No hubo escenas de llanto, tal como Héctor lo había pedido en uno de sus temas más exitosos con su amigo Willie Colón: No quiero que nadie llore, si yo me muero mañana/ señores no traigan flores, para mí no quiero nada…
El 10. de junio de 2002, un mes después de la muerte de Nilda Román, su esposa, los restos de Lavoe fueron exhumados por solicitud de su hija adoptiva Leslie Pérez; y gracias a la gestión de Willie Colón los trasladaron a su nativo Ponce.
En una tumba del cementerio de esa ciudad reposan junto a los de 'Puchi' y su hijo ‘Hectico’.Con la muerte de Héctor Lavoe comenzó la leyenda, que 21 años después lo sostienen como un inmortal en el cancionero de la música popular Latinoamericana.
Un auténtico ícono cuya imagen y admiración crece en las nuevas generaciones, y se solidifica con el paso del tiempo en las que lo conocieron y admiraron.
6.14.2014
10.20.2013
Video: Héctor Lavoe reapareció en concierto en Puerto Rico como holograma
Esto ocurrió anoche durante la presentación de la Fania All Stars en el Coliseo José Miguel Agrelot de Puerto Rico, donde el público boricua disfrutó de un inolvidable espectáculo, en el que Willie Colón, después de 20 años, pudo volver a tocar en un mismo escenario con su compadre Lavoe.
"Cuando quiera un taxi" Solo tiene que marcar 809-686-8686 y Antena Taxi te lleva donde tu quiera..
Esta es la primera vez que se utiliza en el mundo de la música latina un holograma, que no solo permitió la reaparición de Lavoe, también “revivió” en un escenario a Aníbal Vázquez, quien por años fue maestro de ceremonia de los conciertos de la Fania.
6.29.2013
Héctor Lavoe a 20 años de su muerte: cuando "El Cantante" enfadó a Pablo Escobar
Un taxista se lo relata al cronista colombiano Juan José Hoyos de la siguiente manera: había pasado la medianoche cuando, de un extremo de la carretera, saltó un hombre vestido con frac y con los pies descalzos. Se veía que estaba asustado y el chofer no pudo evitar detenerse.
El hombre le pidió que lo llevara a su hotel. Le contó que había estado cantando en una fiesta de mafiosos y que la cosa se había puesto fea, que iba sin un dólar y que su nombre era Héctor Lavoe.
Difícil de creer. El chofer estaba convencido de que se trataba de un embuste y le pidió pruebas: “Me va a tener que cantar “Yo soy el cantante”si quiere que lo lleve al hotel”, dijo el taxista. El hombre que ya estaba dentro del auto pareció molestarse: “Mi pana, ¡pero si por eso fue el problema! ¡Un tipo de esos me hizo repetir como diez veces esa canción, amenazándome con una pistola! ¡Y yo me mamé y le dije a la orquesta no canto más, apaguen los equipos!”.
El taxista insistió, le recordó al delgado hombre de sastre que le estaba haciendo un favor al llevarlo sin cobrar y, cuando se dio cuenta, estaba escuchando una voz de otro mundo: “Yo soy el cantante / que hoy han venido a escuchar / lo mejor del repertorio a ustedes voy a brindar. / Y canto a la vida / de risas y penas / de momentos malos / y de cosas buenas”. Ya no había dudas. Era Héctor Lavoe.
A LAS BALAS ME REMITO
La anécdota, que podía haber pasado como uno de esos cuentos con los que los taxistas nos hacen ameno un viaje largo, tomó elementos de realidad cuando algunos de los miembros de la orquesta de Lavoe dieron su testimonio.
Eddie Montalvo, el conguero del grupo, recordó que el contrato para tocar frente a Pablo Escobar lo había gestionado Larry Landa, un empresario artístico muy ligado al mundo del narcotráfico, que de acuerdo a este Lavoe y compañía debían tocar hasta las dos de la mañana, pero que a Escobar se le dio por quererlo hasta las seis de la mañana.
“Cuando fueron las dos de la mañana, Héctor le dijo a la banda que pararan. El organizador los amenazó a punta de pistola para obligarlos a continuar cantando. Quería que Héctor repitiera Yo soy el cantante. Ismael Rivera se envalentonó y los guardaespaldas también. Hasta que los llevaron a un cuarto pequeño que cerraron con llave el resto de la noche (...)

Después de una hora, Héctor rompió una ventana y con la ayuda de los otros músicos salieron uno por uno por ahí, sin sus instrumentos, en la oscuridad y con miedo. Por treinta minutos se resbalaron, se cayeron, hasta que salieron a la carretera”, contó Montalvo.
Y así fue cómo Héctor Lavoe terminó en el taxi del narrador de esta historia un día de enero de 1981. Pero allí no acabó: al día siguiente del incidente un desconocido visitó a Héctor y su banda en el hotel donde se hospedaban. Les dejó un cheque, los pasaportes que les habían decomisado, los instrumentos retenidos y las disculpas respectivas.
Fuente: El Comercio
El hombre le pidió que lo llevara a su hotel. Le contó que había estado cantando en una fiesta de mafiosos y que la cosa se había puesto fea, que iba sin un dólar y que su nombre era Héctor Lavoe.
El taxista insistió, le recordó al delgado hombre de sastre que le estaba haciendo un favor al llevarlo sin cobrar y, cuando se dio cuenta, estaba escuchando una voz de otro mundo: “Yo soy el cantante / que hoy han venido a escuchar / lo mejor del repertorio a ustedes voy a brindar. / Y canto a la vida / de risas y penas / de momentos malos / y de cosas buenas”. Ya no había dudas. Era Héctor Lavoe.
A LAS BALAS ME REMITO
La anécdota, que podía haber pasado como uno de esos cuentos con los que los taxistas nos hacen ameno un viaje largo, tomó elementos de realidad cuando algunos de los miembros de la orquesta de Lavoe dieron su testimonio.
Eddie Montalvo, el conguero del grupo, recordó que el contrato para tocar frente a Pablo Escobar lo había gestionado Larry Landa, un empresario artístico muy ligado al mundo del narcotráfico, que de acuerdo a este Lavoe y compañía debían tocar hasta las dos de la mañana, pero que a Escobar se le dio por quererlo hasta las seis de la mañana.
“Cuando fueron las dos de la mañana, Héctor le dijo a la banda que pararan. El organizador los amenazó a punta de pistola para obligarlos a continuar cantando. Quería que Héctor repitiera Yo soy el cantante. Ismael Rivera se envalentonó y los guardaespaldas también. Hasta que los llevaron a un cuarto pequeño que cerraron con llave el resto de la noche (...)

Después de una hora, Héctor rompió una ventana y con la ayuda de los otros músicos salieron uno por uno por ahí, sin sus instrumentos, en la oscuridad y con miedo. Por treinta minutos se resbalaron, se cayeron, hasta que salieron a la carretera”, contó Montalvo.
Y así fue cómo Héctor Lavoe terminó en el taxi del narrador de esta historia un día de enero de 1981. Pero allí no acabó: al día siguiente del incidente un desconocido visitó a Héctor y su banda en el hotel donde se hospedaban. Les dejó un cheque, los pasaportes que les habían decomisado, los instrumentos retenidos y las disculpas respectivas.
Fuente: El Comercio
6.28.2013
Héctor Lavoe: 20 años sin "el cantante de los cantantes"
El 29 de junio de 1993 se apagó una de las voces más privilegiadas de la salsa: la de Héctor Juan Pérez Martínez, Héctor Lavoe para el mundo. “El cantante de los cantantes” había fallecido en un hospital de Manhattan, Nueva York, la misma ciudad que lo vio escalar a la cresta de la fama mundial.
Desde la tarima, Héctor dedicó sus mejores pregones, le cantó a la vida de risas y penas, de momentos malos y de cosas buenas, con esa versatilidad vocal, sencillez y calidad humana que lo convirtieron, además, en el más querido cantante del género.
Sus temas, inyectados de extensos fraseos naturales, acompañados de una extraña forma de bailar y una calidad musical destacable, mueven los hilos del bailador que corea y disfruta sus temas hace más de cuarenta años. Y el mismo Héctor lo afirmaba: “¡Ay!, mi cantar es único, a nadie se lo copié, escúchame tremendo, tremendo el jíbaro es (…) Canto guajiras, bolero, aguinaldo y guaguancó, se sorprendió el que no creía cuando el macho otra vez ganó…”
En una entrevista a elcomercio.pe, Johnny Pacheco director de la Fania All Stars, dijo sobre Lavoe: “El público te deja saber cuál es su favorito con sus aplausos. Héctor era uno de los que más se daba a querer (…) Pero la verdad es que fue único”.
Héctor era único, pero llevaba un poco de los mejores: un poco de la elegancia de Sinatra, del sentimiento de Mercury, de la pasión bolerista de Daniel Santos, de la calidad vocal de Tito Rodríguez y de la sencillez de Ismael Rivera.
Considerado por algunos como el Carlos Gardel de la salsa, pues llevó el nombre del género a niveles estratosféricos, el ‘Jibarito de Ponce’ logró colarse en lo más hondo de la entraña popular, en esas profundidades en la que solo habitan los sentimientos familiares.
Cómo olvidar tremendo binomio que formó con Willie Colón, un visionario de la música dejando para la eternidad temas como “Juanito Alimaña”, “Juana Peña”, “Soñando Despierto”, “Todo tiene su final”, “Aguanilé”, entre tantos temas en los que trabajaron juntos.
Por eso la gente lo quiere hasta hoy y para muchos él no se fue, solo pasó a convertirse en una leyenda urbana inmortalizada en las paredes de los barrios y cuyas hazañas musicales se pueden apreciar en incontables videos que hoy contemplan los jóvenes y no tan jóvenes en Youtube .
Basta ver tremenda rumba que armó en la Feria del Hogar en 1986, fechas inolvidables en las que con ese talento y calidad netas estrechó lazos con el Perú y, especialmente, el Callao. De allí esa improvisación que cautivó a los chalacos que coreaban su nombre sin cesar.
El “Flaco de oro” fue y seguirá siendo grande por su música pero también por su sencillez. Porque solo busco hacer feliz a su pueblo sean 60 mil o tan solo 100 los espectadores; pese a estar con hondo pesar, una pierna o un brazo enyesado.
Esa era Héctor Lavoe, “el cantante de los cantantes”, “el único hombre que respira debajo del agua” o demás apelativos cuyo rostro sonriente y memorables temas permanecen intactos en el corazón de los salseros. Por que él no nos dijo adiós, nos dijo “hasta siempre”.
Éstas fueron algunas memorables actuaciones de 'El Cantante':
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